En el mundo del diseño está pasando algo curioso: desde hace tiempo se percibe una unificación general del estilo visual. Esto se ve, por ejemplo, en las guías estrictas del diseño de productos digitales, en las tendencias que dictan las redes sociales y en lo que le gusta al algoritmo. Frente a este panorama, terminamos suponiendo que existe un manual para verse serio, profesional, humano o divertido. Un manual que todos seguimos por miedo a vernos raros o inadecuados.
En el estudio tuvimos algunas experiencias que marcaron nuestro recorrido profesional. Fueron ejemplos claros de cómo las modas calan en la percepción de quienes buscan diseño: clientes que llegan pidiendo “identidad propia y originalidad”, pero cuando aparecen propuestas que realmente rompen el molde, surge el rechazo. Al final, la elección suele ser lo más parecido a lo que ya está haciendo el resto del mundo.
¿Referencia o fotocopia?
Entendemos que las referencias son excelentes herramientas y disparadores. Pero, ¿dónde está el límite con la imitación? Diseñamos para objetivos puntuales, y sabemos que cada nicho tiene sus códigos y lenguajes para que el público entienda de qué va la cosa. Pero, ¿eso significa que tenemos que diseñar siempre bajo el ala de lo que “se usa”?
Estamos rodeados de un paisaje visual constante. Lo que consumimos en Instagram, o los productos culturales que elegimos, nos influyen. Es inevitable. Sin embargo, nuestro valor como diseñadores es ayudar a quien nos contrata a encontrar una voz propia. Una voz que sea suya, no un eco de lo que está de moda este mes.
La percepción condicionada
Nos tocó enfrentarnos a casos donde el entorno visual del cliente está tan saturado de contenido genérico que la percepción parece correrse de lugar. Se termina prefiriendo una estética de “PPT hecho por la tía” antes que un desarrollo profesional pensado para el mercado real. Cuando la diferenciación se ve como una amenaza, en lugar de una herramienta de crecimiento, no hay mucho que hacer.
Entonces lloramos abrazados, los dejamos ir y aceptamos que no logramos rescatarlos. Pero nos queda la tranquilidad de saber que nuestra búsqueda va por otro lado.